PREGON 2008
Con este acto abrimos las puertas a las Fiestas Patronales y Romería de Ntra. Sra. de la Encarnación del presente año 2008. Comenzamos así a entrar en el clima festivo para llegar a los días esperados y poder vivirlos con el ánimo jubiloso de los mejores acontecimientos de nuestro pueblo.

Nuestro Hermano Mayor, Antonio Mora Valderas, me anunció, así por las buenas, que tenía que hacer el pregón de la Patrona, para el año 2.009. Que ya tenía la persona adecuada para el del presente año, nuestra hermana Mari Carmen Rodríguez Oliveras. Al servicio de la Hdad. en todo lo que puedo, le rogué que, si Mari Carmen no tenía inconveniente, me cediera la vez y se cambiara conmigo para hacerlo yo este año, lo que ella aceptó de muy buen grado. Te lo agradezco, Mari Carmen. El ruego para este cambio tiene para mí un motivo muy especial:

El pasado 25 de Marzo, día de la Encarnación, cumplí cuarenta años de permanencia en el servicio pastoral de esta Parroquia de La Purísima Concepción de Gerena. Este es el motivo de mi presencia aquí, ante ustedes, en esta noche. El pronóstico del tiempo es regular. No me refiero al meteorológico. La humanidad está conducida en su mayoría por líderes mediocres. Estamos entrando en una nueva crisis económica e ignoramos sus consecuencias. El cambio climático es un hecho muy preocupante. La prosperidad que disfru- tamos da la impresión de ser un gigante con pies de barro. Las religiones enferman de fundamentalismo, arrogancia y dogmatismo. ¿Queda todavía humor y sentido de la fiesta?
Creo que sí. A pesar de los pesares, la mayoría de las personas no deja de confiar en la bondad fundamental de la vida. Se levanta cada mañana, va al trabajo, lucha por su familia, procura vivir con decencia y acepta sacrificarse por los valores que realmente importan. ¿Qué hay detrás de estos gestos cotidianos? Algo muy claro: Que, a pesar de todo, la vida tiene sentido y merece la pena. El ser humano posee una tendencia innata hacia la armonía. Dondequiera que está, se esfuerza por crear un sistema de orden y valores que le propor cionen una vida mínimamente humana y pacífica.
Esta bondad primordial de la vida es la que hace posible la fiesta y conser- var el sentido del humor. A través de la fiesta todas las cosas se reconcilian. Festejar es poder decir: que todas las cosas sean bienvenidas. Mediante la fiesta rompemos el ritmo monótono de lo cotidiano, hacemos un alto para respirar y vivir la alegría de estar en amistad y la satisfacción de comer y de beber juntos. En la fiesta, bebemos y comemos, no para alimentarnos, sino para gozar del encuentro y celebrar la amistad. El reloj deja de esclavizar- nos y nos es dado, por unos días, vivenciar el tiempo mítico de un mundo reconciliado.
La fiesta supone sosiego y alegría, contar con la bondad de las personas y las cosas, por eso los incordiantes e inoportunos son aguafiestas. La músi- ca, el baile, la copla, el ambiente, la amabilidad, la luz, el fuego, la ropa nueva, la limpieza de las casas y el arte de la cocina, forman parte del mundo de la fiesta. Con tales elementos los andaluces trasmitimos nuestro SÍ al mundo que nos rodea y nuestra confianza en su armonía esencial. Y resuena por ahí dentro el eco misterioso de palabras primordiales: “Y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno”.
La persona enemiga del humor y de la fiesta es fundamentalista y dogmáti-ca. Nadie ha visto nunca sonreír a un terrorista, o a un severo puritano de la moralidad con buen humor. Son tan tristes que parece que asistieran a su propio entierro. Basta ver sus rostros crispados. No es raro que sean reaccionarios y violentos.
El humor relativiza los problemas porque ve la inconsistencia de todas las cosas frente a la Realidad Última. El humor y la fiesta revelan que tenemos una reserva de sabiduría que todavía nos permite vivir y sonreír. Todo esto está ahí, en las profundas razones del corazón que nos llevan a la Fiesta.

Todos sabemos bien, vosotros y yo, que mi forma de decir no es la del pregón clásico, todo un género literario característico y consolidado en la tra dición cofradiera y festiva andaluza, vinculado a la religiosidad devocional y a la exaltación de los sentimientos y de las tradiciones populares. No soy pregonero.

Pero todos, llegada la ocasión, debemos dar razón de nuestra esperanza y de nuestra fe a todo el que nos la pidiere. Y esto es lo voy a intentar. Expresarme desde mi fe y poner en común con vosotros mis convicciones cristianas festivas, mi devoción y admiración por la Virgen Madre, por nues tra patrona, la Chiquetita, es decir, la humilde, la pequeña, la servidora, la Virgen de la Encarnación, Patrona de nuestro Pueblo.

Pueblo de Gerena, parroquia, hermandades y Autoridades… ( Saludo )

Comienzo este pregón con el primer recuerdo que guardo en mi memoria y en mi corazón de la devoción a la Virgen que recibí de mis padres, en mi familia y cultivaron con esmero las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul en el Colegio de la Sagrada Familia de Dos Hermanas, donde comencé el camino que un día me trajo hasta Gerena, con mi hermana Araceli. Lo resumo en este breve canto, el primero que aprendimos en nuestra vida, dedicado a la Virgen de la Medalla Milagrosa:

OH MARÍA,
SIN PECADO CONCEBIDA,
ROGAD POR NOSOTROS,
ROGAD POR NOSOTROS,
QUE RECURRIMOS A VOS.


Desde que nací fuiste para mí madre querida y cercana, a la que yo me dirigía con la confianza del niño pequeño: Milagrosa en el Colegio de la Sagrada Familia de mi infancia, del Ave María en mi Escuela de la Dos Hermanas de mi niñez, de Valme en el seno de mi familia y de mi pueblo, y donde quiera que estuve tu presencia me guió, tu protección percibí, tu cariño me acogió: Purísima en el Seminario Menor y de la Caridad en Sanlú- car de Barrameda, del Buen Aire en el Seminario Mayor de mi juventud, de los Reyes, del Rosario, de la Reina de los Ángeles, de la Cinta, de Monte Mayor, de la Victoria, de Covadonga, del Mar, de Consolación, de Regla, del Carmen, de Montserrat, del Pilar, de Lourdes, de la Anunciación, de la Cabeza, de Guadalupe, de Araceli, de Gracia, de las Nieves, de la Estrella, de Fuente Clara, de la Granada, de la Soledad, de la Sangre, del Rosario y de la Encarnación, patrona de Gerena. Continuamente presente en mi camino con tan hermosos nombres y tradiciones, a ti, madre querida, punto de referen- cia de mi vida de cristiano y de cura de pueblo se vuelve mi corazón, con mi palabra, en esta noche.

Virgen Madre, de tan hermosos nombres, Encarnación de Gerena que velas por nosotros, que unes al pueblo en tu fiesta graciosa, llévanos de la mano como niños pequeños, por el camino bueno de la concordia limpia, por el camino duro del vivir el esfuerzo del trabajo diario que construye este mun- do, el quehacer cotidiano de la casa y los niños, la aventura constante de crecer y servir, de pasar por la vida como buenas personas, camino de tu cielo, de tu infinita ermita, descanso del esfuerzo y premio a los sudores. Y a mí, cura de pueblo, de Gerena afanada, dame palabra clara para alabar tu nombre, en esta noche de primavera, reunidos y convocados por tu cer- cana fiesta. Que sepa transmitir tu palabra preciosa a los que quieren servir la alegría del vino a los hijos del pueblo, invitados a la fiesta, las bodas de Gerena, a los que en Caná dijiste: “haced lo que él os diga”.

La cosa empezó en Galilea, con un ángel y una muchacha. El ángel era Ga- briel. La muchacha, María. Ella con catorce años. El no tenía edad. Descon- certada ella porque no entendía lo que estaba ocurriendo. Y él, porque entendía muy bien que con su mensaje hacía girar el quicio de la historia y que allí, entre ellos, en tan humilde estancia, estaba ocurriendo algo inaudi to, que ni él mismo se hubiera imaginado.

La escena ocurría en Nazaret, ciento cincuenta kilómetros al norte de Jerusa salén. Hoy una hermosa ciudad palestina de 40.000 habitantes. Casas blancas, tendidas al sol sobre la falda de la montaña, salpicadas con las lanzas de cientos de cipreses y rodeada por verdes colinas plantadas de olivos, viñas e higueras.

Pero hace dos mil años Nazaret era sólo un poblacho escondido en la hondo- nada, sin más salida que la que, por una estrecha garganta, conduce a la bella planicie de Esdrelón. Un poblacho del que nada sabríamos si en él no se hubieran encontrado el ángel y la muchacha. El Antiguo Testamento ni siquiera menciona su nombre, ni Flavio Josefo, ni el Talmud. ¿De Nazaret puede salir algo bueno? pregunta Natanael cuando Felipe el de Betsaida pronuncia, años después, ese nombre. Las riñas y trifulcas -tan frecuentes en los pozos donde se juntan caravanas y peregrinos- era lo único que la fama unía al nombre de Nazaret. Y no tenían mejor fama las mujeres del pueblo: A quien Dios castiga -rezaba un adagio de la época- le da por mujer una nazaretana.

Allí estábamos aquella limpia mañana de Julio de 1995, a 4.000 Km. de Gerena hacia oriente, en Nazaret de Galilea, en Palestina, en la Basílica de la Anunciación, hijos de Gerena conmovidos hasta los huesos, en aquella gru ta de piedra ennegrecida, la casa de María, Anunciación del Ángel, Encarnación del Verbo: “Cantemos a la más pura azucena… Virgen de la Encarnación, dulce patrona de candor sin igual, los hijos de Gerena…” un nudo en la garganta y el alma estremecida. De aquel grupo de peregrinos hoy faltan Dolores Segura y Pepe Reyes, devoto hermano y mejor pregonero de tus fiestas, que este año las vive contigo en tu presencia viva en la casa del Padre, para ellos nuestro recuerdo emocionado.

En la sencillez de cal y cielo azul de la Ermita está tu casa humilde y limpia, Encarnación. Seis siglos de peregrinos dan al lugar la magia que nos envuel- ve el jueves cuando llegamos. El camino en oración nos ha purificado para gustar el momento de la entrada en tu nido. El corazón se repliega a la intimidad del sentimiento con el gozo, la emoción y los recuerdos, el pueblo allí apiñado, la música, el repique y la plegaria. ¡Salve, Madre! y Emilio con su viva.

Aquí quiero traer y citar la memoria de los hijos del pueblo durante tantas generaciones que han llorado, rezado, cantado a tu nombre, vuestros padres, abuelos, niños y jóvenes, de toda edad y condición, aquí están sus plegarias, impregnando este suelo, las paredes, los árboles, el arroyo, las piedras, el aire perfumado, el cielo y la fuente.

A la memoria de los que guardaron tu casa, la Ermita de la Encarnación, en el correr de los siglos, anónimos hijos del pueblo que incluso aquí vivieron construyendo sus familias, a los que conocí en tan hermosa tarea de servir a la Virgen, cuidarla y guardarla. A José Jiménez Vallejo, republicano y de la CNT, campesino del pueblo, que cuidó también al Cura de Gerena haciéndole guardia a su puerta, en aquellos malos tiempos, a José García Carrasco, carretero del Esparragal que vivió en la Ermita donde crió a sus hijos y murió una mañana bajo una carreta en la Romería de Valme del año 1965, a Manuel Fuentes Álvarez el ermitaño socialista, a Marcelino Álvarez Leal, aguador de costaleros, a nuestro sacristán Antonio Llamas actual ermitaño, para todos los guardianes de la Ermita, este poema de hijos del pueblo, del hambre y del amor, de Juan Antonio Ramírez, el mejor cantor de tus fiestas, Virgen de la Encarnación:

EL GUARDIÁN DE LA ERMITA

El pueblo es blanco pañuelo y el cortejo penitente,
que en despedida se agita pies descalzos y alma niña,
mientras los cerros comulgan llega con su Virgen, perla
ana gran hostia rojiza a la concha de su Ermita.
Allí quedará estuchada tres noches consecutivas
y el guardián que la guarda (os lo diré en voz bajita
para que nadie se entere, que es marido de mi prima
y no quiero que por mí se divulgue la noticia),
el guardián que la guarda fue anarcosindicalista.
Ahora, que no hay que asustarse ni por qué tragar saliva: éstas son cosas corrientes aquí en nuestra Andalucía. En Sevilla, ¿os acordáis?, en tiempos, las cofradías se las cargaban al hombro afiliados comunistas. ¿Iba mi pueblo a ser menos que el florón de su provincia? Bien guardada está la Virgen por el que fue cenetista. Que con malas intenciones nadie se acerque a la ermita porque de un escopetazo me lo tumba boca arriba. ¡José es guarda de veras, no un guarda de pantomima! Cuando parme mi pariente y se presente allá arriba, María de la Encarnación saldrá a su encuentro de prisa entre los coros angélicos a darle la bienvenida, y ante el tribunal supremo de la divina justicia, Ella será mediadora de quien la guardó en su ermita. Dios, por oír a la Virgen, dirá de mentirijillas: "Me han dado malos informes. Este hombre fue extremista". La Virgen contestará, maternal y comprensiva: "Bien sabes que sus ideas su vida las justifica". "Tú hiciste a los hombres libres, igual que a las avecillas". "Pero pronto la serpiente los incitó a la caída y surgieron los Caínes que encadenaron la vida con eslabones de sangre y grilletes de perfidia". "Quisiste con el Diluvio ahogar la mala semilla y cauterizar con fuego la corrupción sodomita; pero siempre la serpiente de la maldad renacía". "Encarnaste en mis entrañas; trocando en amor tu ira, nuestro Jesús nace al mundo y el mundo lo crucifica siendo amor a los humildes lo que tan sólo él predica". "La humanidad sigue ciega a su egoísmo ceñida: el fuerte sojuzga al débil, el débil no se resigna, unos en provecho de otros pasan miles de fatigas, y de un lado la pobreza y del otro la codicia, van incubando los odios y las luchas fratricidas". "Este mi pobre guardián al que tachan de extremista, cuántas gavillas segaba bajo el sol de la canícula, cuántos olivos podaba bajo el frío y la llovizna y, no obstante, escaseó de pan y jugo de oliva, mientras que hombres sin escrúpulos a su costa enriquecían burlando leyes humanas, burlando leyes divinas. "Éstos, éstos sí que son con su ambición desmedida los que sembrando rencores hacen brotar anarquías y soñar en paraísos con arcángeles marxistas". "Sobre ellos tan sólo caiga el peso de tu justicia". "No condenes a este hombre que bien purgó con su vida". -"Está bien, Encarnación". "No es menester que prosigas". Dios mirará al campesino con su bondad infinita, y al reparar en sus manos sus manos encallecidas, manos de obrero, fecundas, sembradoras de semillas, manos que hicieron posible el pan nuestro cada día, manos que fueron clavadas en gólgotas de codicia por los que al becerro de oro rindieron culto en la vida, Dios, al mirar estas manos con su bondad infinita, otorgará al campesino celestial ciudadanía, haciéndole eterno guardián de una luminosa ermita hecha con cantos de estrellas y cales de Lácteas Vías. - Juan Antonio Ramírez El homo-informáticus de hoy, conectado en el ciberespacio de las redes virtuales, mal puede entender la presencia de un ángel. Esas fábulas –piensa- están bien para los cuentos de los niños, no para la realidad de nuestra vida de cada día, en este complicado mundo posmoderno del siglo XXI. El universo religioso de María era distinto. Un ángel no era para ella una fábula, sino algo misterioso, sí, pero posible. Algo que podía resultar tan cotidiano como un amanecer y tan verosímil como el mirto brotando en la maceta. Así vería María al ángel, con una mezcla de júbilo y temblor, mensajero de salvación a la vez deslumbrante y terrible. Se llamaba Gabriel, dice el texto de Lucas, el «fuerte de Dios». La débil pequeñez de la muchacha y la fortaleza de Dios se encontraban así, como los dos polos de la más alta tensión que en descarga formidable se resuelve. El pueblo lo canta así: Vino el arcángel, flor celestial, Ante menaje tan celestial y ante María se postró, la santa virgen respondió: llena de gracia, la saludó “yo soy la esclava de mi Señor, y el gran misterio le anunció. hágase en mí su voluntad”. El inefable Verbo de Dios, tomó la carne virginal, y con nosotros Dios habitó, librándonos de todo mal. Recién llegado a Gerena, hospedado en casa de Maria Teresa Quirós, mi pri- mera Fiesta de la Encarnación. Primavera de 1968. Todo tenía para mí el bri llo de lo nuevo, el lustre precioso de la prenda entrenada. El aire impregna- do de cal y barnices de limpieza casera, el olor por la calle a cocina festiva. La Virgen en la Iglesia contenta e impaciente por su inminente fiesta, que le prepara el pueblo. Y el esmero y cuidado de un grupo fenómeno de jóvenes, amigos competentes que comparte el trabajo. Fue la primera Junta de Go- bierno que conocí y viví. Manuel Ortiz y Juana Polo, al frente de un grupo entusiasta de hijos del pueblo que levantó la Romería hasta la altura donde hoy la vemos. Quiero citarlos aquí esta noche y convocarlos a esta asamblea con nuestro recuerdo y agradecimiento. Buena gente del pueblo, amigos de verdad, ale- gres y bromistas, fieles y firmes, hombres de bien, hijos de Gerena, te die- ron, madre de la Encarnación, sus mejores años: Diego Vallejo, Francisco Gutiérrez el niño Quico, Antonio Rabito, Francisco Rodíguez el Coco, Antonio Rueda, Manuel Cascales, Manuel Leal Mariqui, Manolín Cid del Bar del Coca, Antonio Álvarez el de Rojo, Pedro Alanís y su Hermano José María y Antonio Domínguez el Nonillo. Aquello fue de verdad, el impulso de su juventud ha llegado hasta nosotros, poniendo a la Hermandad a mucha altu- ra y dando a nuestras fiestas patronales y romería el prestigio y la calidad de que hoy disfruta y donde la han mantenido y acrecentado los sucesivos miembros de la Hermandad y Hermanos Mayores que tomaron el relevo con entusiasmo y entrega, como un auténtico y sacrificado servicio a la Hdad. por la devoción del pueblo a la Patrona: Curro Rodríguez, Manuel Llamas, Antonio Mora, sus familias, sus mujeres, sus amigos: dieron y siguen dando su entrega, entusiasmo, sacrificio, con los hombres y mujeres entusiastas que los han acompañado en los sucesivos mandatos de las Juntas en este trabajo abnegado, valorado y reconocido por todo el pueblo de fomentar y llevar a donde se merece la devoción de Gerena a su Patrona, Nuestra Sra. de la Encarnación. Manuel Ortiz Lozano, Diego Vallejo González, Antonio Domínguez Valderas y Antonio Leal Flores quedaron en el camino y nos dieron el testigo del relevo. Con José María Guillemín Maximino y Jesús Gutiérrez Mora, desde el Ara Coe li que la Encarnación tiene junto a Dios, ellos gozan con nosotros, porque están en nosotros, en cada Fiesta, en cada tío del tambor, en cada diana, en cada Jueves de Promesa, en cada Romería. La semilla que plantaron ha dado una espléndida cosecha: esta realidad hermosa que disfrutamos hoy de la devoción a la Encarnación, de su actual Junta de Gobierno, de las espléndi- das Fiestas y de la sin par Romería. Con gran afecto y simpatía recordamos a aquellos “ruinas” en sus veinte años, de los años 70, costaleros del paso viejo, bajo el mando de Quico, que cantaban en la Ermita: “Virgen de la Encarnación, me tengo que divertir, que el Mayordomo se llama, se llama Manuel Ortiz. Y a tomillo y a romero, que la mayordoma es Juana la de Baldomero”. Y el ángel mensajero, cumple su misión, plasmándola en palabras: ¡Alégrate, llena de gracia! ¡El Señor está contigo! Su presencia luminosa había llenado el pequeño aposento, y aquella bienve- nida lo colmó a rebosar. Ninguna criatura humana había sido saludada con palabras tan sorprendentes. Te pusiste de amapola al oír al ángel decir aquellas cosas. No era temblor de tus sentidos, sino un vértigo que te arrebataba a lo infinito. El evangelis- ta cuenta que considerabas qué podía significar aquel saludo. Reflexiona- bas: tu mente no se había quedado en blanco, como cuando nos sacude algo terrible. Dabas vueltas en tu cabeza a las palabras. Se abría ante tus ojos un paisaje tan enorme que casi no te atrevías a mirarlo. Y lo que el ángel pare- cía anunciar era mucho más ancho y profundo de lo que jamás te hubieras atrevido a imaginar. Por eso te turbaste, azorada. “Te bendigo y te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, dijo un día Jesús tu hijo, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”, a la gente del pueblo, a nuestras madres y a nuestras abuelas que nos transmitieron la verdad de sus vidas entregadas por amor al servicio de sus hijos, sus lágrimas y alegrías, sus trabajos y su fe. Fe del pueblo, fe de los sencillos que peregrinan hasta tu Ermita. de Gerena, Guillena y Las Ventas desde siglos pasados. Te pido, Paco Gálvez, tus “Cantares de Guillena a la Virgen de la Encarna-ción” y en homenaje a sus hijos aquí los proclamo, uniéndonos todos, los de allá y los de acá del Arroyo, en la misma plegaria y devoción sentida: I. En un arroyo que existe VI. De Gerena eres Patrona, en término de Guillena. Madre de los gereneros, un día te apareciste ampara de igual manera para gloria de Gerena. a tus hijos guilleneros. II. Madre de la Encarnación, VII. Te pedimos, Virgen Pura, a Ti te aclama Gerena, derrames a manos llenas, más la misma devoción dones, gracias y venturas te tenemos en Guillena. para Gerena y Guillena III. Haces triunfal recorrido VIII. Al pie del Esparragal entre juncales y cercas; se oye nuestra oración: en mes de mayo florido, líbranos de todo mal, hasta tu Ermita te acercas. Virgen de la Encarnación. IV. Descalzos pies de Guillena IX. Si Gerena. con razón, con dolor hacen camino, te venera en cuerpo y alma, pero se olvidan las penas, Guillena en su corazón al ver tu rostro divino. grabada te lleva y clama: ¡Viva del Cielo la Reina! V. Eres canto, eres poesía, y su Pura Concepción, Tú, Virgen y la madre hermosa, la Patrona de Gerena, a rendirte pleitesía VIRGEN DE LA ENCARNACIÓN. también viene Pajanosas. – Paco Gálvez. Guillena, 26.05.78 Luego el ángel siguió como un consuelo: No temas. Decía como quien pone la venda en una herida, pero sabiendo muy bien que la turbación de la niña era justificada. Y prosiguió con el mensaje tremendo a la vez que jubiloso: Has hallado gracia delante de Dios. Mira, vas a concebir y dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de su padre David; reinará en la casa de Jacob eternamente y su reino no tendrá fin. ¿Cuánto duró el silencio que siguió a estas palabras? Para María aquel momento fue infinito. Sintió que toda su vida se concen- traba y se ajustaba como un rompecabezas. Empezaba a entender por qué aquel deseo suyo de ser virgen y fecunda; por qué había esperado tanto y por qué tenía miedo a su esperanza. Empezaba a entenderlo. Algo quedaba claro, sin embargo: el ángel hablaba de un niño. De un niño que debía ser concebido por ella. «¿Por... ella?» Su virginidad subió a la punta de su lengua. No porque fuera una solterona puritana aterrada ante la idea de la maternidad. Al contrario: ser fecunda en Dios era el anhelo mejor de su alma. Pero el camino para esa fecundidad era demasiado miste rioso para ella y sabía que aquel proyecto suyo de virginidad era lo mejor, casi lo único, que ella había puesto en las manos de Dios, como prueba de la plenitud de su amor. Era esa plenitud lo que parecía estar en juego. No dudaba de la palabra del ángel, era, simplemente, que no entendía. Si le pedían otra forma de amor, la daría; pero no quería amar a ciegas. Por eso preguntó, sin temblores, pero conmovida: ¿Cómo será eso, Pues yo no conozco varón? La pregunta era, a la vez, tímida y decidida. Incluía ya la aceptación de lo que el ángel anunciaba, pero pedía un poco más de claridad sobre algo que, para ella, era de suma importancia. Y el ángel aclaró: El Espíritu santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso lo Santo que nacerá de ti, será llamado Hijo de Dios. Va a nacer un niño, criatura humana, necesitada y frágil, que suplica el calor y desvelo, de unos besos, de ternura y cuidados. Si de todos los pequeños eres madre y a todos los acoges en tus brazos, un grupito de pequeños más queridos perlas son, preciosas en tu regazo: Rubén, Antoñito y Miriam, Rocío e Inmaculada, las gemelas, Isabel María y Adrián, Juan Mateo y Gabriel Pavón, Javi Barril y Felipe Mora, con Antonio Domínguez Chaves. Para ellos tu fiesta, preferencia y amor tus cuidados más tiernos, tu especial protección; sus familias reciban tu calor y consuelo, tu aliento y tu ternura, tu favor, tus desvelos y ellos gocen contigo, en la tierra y el cielo tus niñitos de AGEDIS, madre de la Encarnación. Que la venida que el ángel anunciaba era la del Mesías no era muy difícil de entender. El ángel había dado muchos datos: el Hijo del Altísimo, el que ocuparía el trono de su padre David, el que reinaría eternamente. Todas estas frases eran familiares para la muchacha. Las había oído y meditado miles de veces. Al oírlas vino, sin duda, a su mente aquel pasaje de Isaías que los galileos conocían mejor que nadie porque en él se hablaba la Escritura, expresamente, de su despreciada tierra. Cubrirá Dios de gloria el camino junto al mar, la región del otro lado del Jordán y la Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba entre tinieblas ve una gran luz... Porque nos ha nacido un niño y se nos ha dado un hijo; sobre sus hombros descansa el señorío; su nombre: Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz. Su dominio alcanzará lejos y la paz no tendrá fin. Se sentará en el trono de David y reinará en su reino, a fin de afianzarlo y consolidarlo desde ahora hasta el fin de los siglos (ls 9, 1-6). Sí, era de este niño de quien hablaba el ángel. Iba a nacer de sus entrañas. Su fruto sería llamado Hijo de Dios. ¿Cómo no sentir vértigo? Temblaba. ¿Cómo no iba a temblar? Era una niña de catorce años cuando empezó a hablar el ángel. Y era ya una mujer hecha y derecha cuando Gabriel concluyó su mensaje. Bebió años en un momento. Se hizo mujer en un instante. Y el ángel esperando, también temblaba. Aturdido, no porque dudara, sino porque sabía que Dios respetando al hombre dueño de su libertad, pide su colaboración y aguarda paciente su respuesta. Pedro Casaldáliga nos lo ha contado así: Como si Dios tuviera que esperar un permiso... Tu palabra sería la segunda palabra y ella recrearía el mundo estropeado como un juguete muerto que volviera a latir súbitamente. De eso se trataba: del destino del mundo, pendiente, como de un hilo, de los labios de una doncella de catorce años. No sonaron campanas cuando ella abrió los labios. Pero sin que nadie se enterara, el «juguete muerto» comenzó a latir. Porque la doncella-mujer dijo: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra. Dijo «esclava» porque sabía que desde aquel momento dejaba de pertene- cerse. Dijo «hágase» porque «aquello» que ocurrió en su seno sólo podía entenderse como una nueva creación. Domingo de Romería, coplas y baile ante el paso, Pasada ya la siesta, la Señora sonríe, Voltea la campana y nos convoca Encarnación contenta. Calor y polvo en el recinto En su honor todos cantan la caja de José no se cansa de acompañar con ritmo sevillanas de siempre. de acompañar con ritmo sevillanas de siempre. Y toman posiciones los hijos costaleros, infatigables mozos de fiesta y de sudores ellos pueden con todo y no hay quien te rinda, juventud de Gerena. La Virgen en su paso sabe de sus esfuerzos, de su fe costalera y su amor gerenero. Y el Niño da su toque, imparte con acierto la consigna a sus huestes, para que el paso salga a las mil maravillas. Terminada la salve el llamador empuja el hombro a la trabajadera y a la voz de José el paso salta vivo, y comienza el regreso dejando atrás la ermita. Detrás de la carreta el grupo se reúne. Delante vamos muchos camino de Gerena. Cantos por el camino de jóvenes gargantas, de poderosas voces curtidas en la copla que vas atravesando tirada por la yunta, sonriente y galana de cara al sol poniente. Fernando la conduce con su hijo Manuel, expertos maestros en el arte carretero. Detrás es la plegaria, Encarnación bendita, la que cierra el cortejo, descalzos pies cansados perseverantes gracias, silencio prometido. La tarde trae la brisa que alivia los sudores y agarrado en silencio, manigueta trasera, va Manolo Botica, el paso lo conduce camino de su pueblo. "En medio de los acontecimientos de la historia de Israel, Dios se inclina siempre apasionadamente del lado de los pobres y sólo hacia este lado: a favor de los oprimidos, contra quienes poseen, disfrutan y garantizan sus derechos, siempre a favor de aquéllos que han sido despojados y privados de los suyos". Proclama mi alma la grandeza del Señor. Este canto es el mejor icono que tenemos de María, donde podemos mirarnos todos los que la aclamamos como madre y patrona de la Encarnación. Un retrato muy distinto del que presenta una piedad mal entendida y mal vivida. La lectura alienante y espiritualista de este canto acabó eliminando todo su contenido liberador y subversivo contra el orden de este mundo decadente, en contra de la fe verdadera y comprometida. La cuarta estrofa del himno resume el pensamiento de María sobre la historia y se concentra en una sola idea: el Reino de Dios, que su hijo trae, es otra cosa diferente de los reinos y poderes de este mundo. Para María de Nazaret, el signo visible de la venida del Reino que Jesús nos trae es la humillación de los soberbios, la derrota de los potentados y la exaltación de los humildes. Ella se anticipa a anunciar lo que su hijo proclamará en la bienaventuranzas: que él viene a mostrar el plan de Dios que hará saltar las estructuras de este mundo de privilegios de los fuertes y poderosos. Pablo VI pudo decirlo más fuerte, pero no más claro, en su encíclica “Marialis cultus”: “Se comprueba con grata sorpresa que María de Nazaret, lejos de ser una mujer pasivamente sumisa o de una religiosidad alienante, fue por el contrario una mujer que no dudó en afirmar que Dios es vengador de los humillados y oprimidos, derribando de sus tronos a los poderosos de este mundo: María es “la primera entre los humildes y los pobres del Señor”, una mujer fuerte que conoció de cerca la pobreza y el sufrimiento, la huida y el destierro, situaciones que no pueden escapar a la atención de los que quieran secundar con espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad.” María de la Encarnación, en su canto, no separa lo que Dios ha unido, en la persona de su hijo Jesús: las realidades temporales y espirituales. Su can to es un himno revolucionario, de una revolución íntegra: la que defiende la justicia en este mundo, sin olvidarse de la gran justicia que valora al ser humano -hombre/mujer- en su dignidad infinita de hijo de Dios. Por eso María puede anunciar esta revolución sin amargura ni demagogia, con ale gría y gozo desbordante. En sus palabras no hay veneno, sino Reino de Dios. Tenía razón el obispo de los humildes de Brasil, Helder Cámara, cuando en su oración a la Virgen de la Liberación le preguntaba: “¿Qué hay en ti, en tus palabras, en tu voz, cuando anuncias en el Magníficat la humillación de los poderosos y la elevación de los humildes, la saciedad de los que tienen hambre y el desmayo de los ricos, que nadie se atreve a llamarte revolucionaria, ni mirarte con repulsa? ¡Préstanos tu voz y canta con nosotros!”. María de Nazaret, esposa prematura de José el carpintero, vecina de una colonia siempre sospechosa, campesina anónima de una aldea de El Madroño, trabajadora madre de Gerena en los campos del Chamorro, emigrante clandestina sin papeles en la ciudad, gitanilla del mundo, mujer maltratada, esposa de un cantero, o de un minero, obrera sin cualificación, madre soltera, monjita de clausura; niña, novia, esposa, madre, viuda, mujer: Encarnación. Cantaora de la Gracia que se ofrece a los pequeños, porque sólo los pequeños saben acogerla, enséñanos a leer la Historia -leyendo a Dios, leyendo al hombre- como lo intuía tu fe, bajo el bochorno de la Palestina oprimida, frente a los poderes del Imperio. Enséñanos a leer la Vida, nuestra vida de pueblo cada día, como la iba descubriendo tus ojos, tus manos, tus dolores, tu esperanza. Enséñanos a ver al hombre, imagen del Dios vivo, hombre del pueblo curtido en el trabajo, doblado por los años, querido por sus nietos, como Gregorio Arias de porte noble y digno, sus botas campesinas y sombrero calado. Ya no puede de un tirón llegar hasta tu ermita, y lleva su banquillo para poder sentarse cuando corona el cerro del arroyo la Casa. Muéstranos tu fruto bendito, Jesús, carne de tu vientre, raza de tu pueblo, Verbo de tu Dios; tan nuestro como tuyo, más del pueblo que de casa, más del mundo que de Israel, más del Reino que de la Iglesia. Aquel Jesús que, por el Reino del Padre, se arrancó de tus brazos de madre y se fue una tarde camino del Bautista. Pan de las muchedumbres, por los caminos de Galilea, solo y compasivo, poderoso y servidor, amado y traicionado, fiel a los sueños del Pueblo, fiel contra los intereses del Templo, fiel bajo las lanzas del Pretorio, fiel hasta la soledad de la muerte. Enséñanos, madre, a seguir a ese Jesús verdadero por los callados caminos del día a día, en el servicio doméstico junto a la prima Isabel, y a la faz de nuestro tiempo descreído que, a pesar de todo, lo necesita y espera. Madre nuestra del Magnificat, Encarnación del Verbo, queremos cantar contigo, ¡María de nuestra Liberación! Contigo proclamamos la grandeza del Señor, contigo cantamos, María, rebosantes de gratitud y de fiesta, porque Él se fija en los insignificantes; porque su poder se derrama sobre nosotros en forma de amor; porque Él es siempre fiel, igual ante nuestras diversidades, de siglo en siglo, de cultura en cultura, de persona en persona; porque su brazo interviene históricamente -por medio de nuestros brazos, frágiles y libres- y porque un día intervendrá, definitivamente, a favor de los trabajan la compasión. María de Nazaret, cantaora del Magnificat, servidora de Isabel: ¡quédate con nosotros, que está por llegar el Reino!; con tu pueblo de Gerena, María de la Encarnación, con la humildad de tu fe, con el Verbo que va creciendo en ti, humano y Salvador, judío y Mesías, Hijo de Dios e hijo tuyo, nuestro Hermano, Jesús. A las madres de Gerena, a todas las abuelas, niñas y jóvenes, de casa y del trabajo, colegio e Instituto, talleres de costura de trajes de flamenca, pasáis la vida amando, sirviendo con esmero, construyendo la historia sin grandes reportajes, aunque no sois noticia a los ojos del mundo de poderosos medios que mandan y subyugan, sí sois la esencia del pueblo que perdura que busca con ahínco el pan y la justicia. Porque así fue María, la Encarnación, a ella os comparo, os respeto y os quiero, por vosotras rezo y en vosotras me miro, que hacéis camino andando y edificáis la tierra con paz, concordia y gozo, haciendo un mundo nuevo. Mientras crece la noche, Encarnación, prende el amor su llama en tu candil de aceite desvelado. El pan de tu molienda se cuece, cada día, bajo el fuego tranquilo de tus ojos, cuando despunta limpia la alborada. La fuente de la plaza te entrega, cada día, su limosna mientras le crece el corazón al mundo. Como el ave del tiempo vas y vienes, Encarnación, atravesando el Pueblo, su historia y su presente de la casa a la calle, del Misterio al misterio, muchas veces al día, y llevas con tus pasos el compás de las horas... Tú sabes qué es vivir a pulso lento, la vida austera en una aldea perdida, sin novedad para la prensa humana. En esta pobre aldea que vigilan las higueras comadres y el centinela oscuro del ciprés que pregunta: -¿De Nazaret va a salir algo bueno? José viene cansado, cada noche, y el Niño tiene el hambre al terminar el día. -¿Qué quieres, hijo? (Los almendros se miran, asustados de gozo, y el plato ríe miel por todas partes). Tú ya has dejado el huso sobre el banco dormido y la lana suspira blancamente. Esta mañana has ido por retama, y te sangran las manos, en silencio, perfumadas de lejía de yerbas. Has ordeñado luego las dos cabras sumisas, y sabes toda a leche. Ayer vino el siroco, y te abrasó las flores. Hoy irrumpe el simún, el viento del desierto, como una tropa de soldados romanos, y hay que cerrarlo todo y, con la prisa y a oscuras, se te pierde una dracma, rescatada del tributo de Herodes. Que ajena veo tu vida a los afanes torpes del mundo vanidoso de oropeles y títulos, de coronas y mantos de brocados urdidos, la mujer del carpintero subida a monarquía qué cosas más absurdas montamos los humanos. Si las vecinas rompen tu silencio, como gallinas locas, tú sonríes. Un día nace un niño, y tú lo acunas. Y un día muere un hombre, y tú lo velas. En la olla inservible del corral crece un lirio morado, y tú riegas su lenta profecía. Nazaret se despuebla, cuando llega la Pascua, y tú Encarnación, marchas con todos, peregrina del Templo, con Yahvé de la mano, con un salmo en los labios. La ruta de Israel converge en tus sandalias. Y los caminos múltiples del mundo arrancan de tus pies caravaneros. Celebremos y gocemos las Fiestas de Ntra. Sra. de La Encarnación, nuestra patrona, la que intercede por el Pueblo ante Jesús, su hijo. El Altísimo te ha bendecido, María de la Encarnación más que a todas las mujeres de la tierra. Por ti, Virgen bendita, hemos recobrado la vida que habíamos perdido, ya que diste a luz para el mundo entero al Salvador que habías recibido del cielo. Alégrate, Encarnación, llena de gracia, el Señor está contigo; y Gerena te aclama Bendita entre las mujeres. Aleluya. No sé ya con qué alabanza ensalzarte, Madre de la Encarnación, Madre del Pueblo, pues por ti hemos recibido a nuestro Redentor Jesucristo, el Señor. Gracias, Encarnación por los cuarenta años de mi vida dedicados a Gerena en esta parroquia, lo mejor que me ha pasado. Por mis muchos errores pido perdón al pueblo que con paciencia inmensa me ha sobrellevado Si muriera hoy y ante Dios compareciera y, por mis pecados, me devolviera a la vida para enmendar mis fallos, acudiría a Ti y te suplicaría: dile que me mande de cura a Gerena, no quiero otro sitio en la Iglesia de Dios. Tú eres la gloria de Jerusalén; tú la alegría de Israel; Tú el orgullo de nuestro pueblo. Padre Dios, que venga en ayuda de todos los hijos de Gerena la intercesión poderosa de nuestra Patrona y Señora la Virgen de la Encarnación, para que nos veamos libres de todo peligro y podamos vivir en tu paz. AMÉN. ¡VIVA LA VIRGEN DE LA ENCARNACIÓN! José Salguero Roldán, Cura de Gerena, 26.04.68